El sol se alzaba ya muy alto en el cielo cuando Liviann se detuvo a descansar. Llevaba ya buena parte de la mañana caminando por los bosques siempre verdes de Elwyn, y su estómago había empezado a reclamar la atención debida. Con tranquilidad, la muchacha se dirigió a un árbol cercano y se sentó a su sombra mientras rebuscaba en su alforja algo de pan y queso y un poco de vino.
Soplaba una ligera brisa juguetona, y el bosque cantaba un arrullo adormecedor al son del viento. Si no fuera porque su determinación estaba por encima de la desidia, se hubiera echado allí mismo a dormir.
No muy lejos de ella revoloteaba su pequeño compañero, rodeado de la neblina de azufre que le era tan característica. Lo cierto es que la hechicería tenía sus contrapuntos a la vida social, y el azufre era uno de ellos.
"Al menos no tengo que darle de comer".-pensó mientras observaba cómo se entretenía en aterrorizar a la población de gorriones del bosque.
Estaba dando un bocado a un mendrugo de pan cuando se detuvo, alzando la cabeza: había oido algo.
Guardó la comida en la alforja y se puso en pie, mirando a todos lados. Habría jurado que se trataba de un grito de terror, pero no conseguía ver nada por ningún lado. Con un gesto automático de la mano atrajo hacia sí a su sirviente sobrenatural.
Y entonces volvió a oirlo, el grito de pánico de una persona, aunque le era imposible estar segura de si hombre o mujer, y si elfo, humano o qué otra raza.
Echó a correr hacia el lugar de origen del sonido mientras iba recitando mentalmente un par de conjuros de protección, sólo por si acaso.
Entonces el bosque tocó a su fin y Liviann se encontró a la orilla de un riachuelo y, junto a la orilla, una escaramuza bastante desigual.
Un joven corría como alma que lleva el diablo llevando en las manos un cofre. Tras él, docena y media de murlocks corrían con gritos guturales de odio, lanzando flechas, sortilegios y blandiendo a poca distancia las espadas. Era un muchacho delgado, de piel azulada y pezuñas en vez de pies. Liviann conocía desde hacía poco a los draenei, y aún le sorprendían un poco cuando se los encontraba, ya que no eran muy frecuentes en Ventormenta. Sólo había una excepción en esa regla no escrita.
Sin pensárselo mucho, Liviann alzó las manos enviando proyectiles de luz negra contra los murlocks que se encontraban más cerca del joven. Desprevenidos, no pudieron hacer nada por evitar la colisión y cayeron al suelo, malheridos.
-¡Corre!-gritó Liviann al muchacho.
Pero fue demasiado tarde. Media docena de flechas se ensartaron en su espalda y el joven cayó inerte sobre el suelo, sin vida antes de tocar tierra. El cofre se desprendió de las manos del joven y se abrió, dejando al descubierto unas monedas de plata y un par de joyas.
Liviann observó cómo los murlocks cubrían al muchacho muerto y guardaban el contenido nuevamente en el cofre, mientras ella permanecía en el linde del bosque.
-Que por unas baratijas así alguien tenga que perder la vida...-murmuró para sí la hechicera.
De pronto, uno de los murlocks alzó la cabeza y miró con sus ojos saltones hacia donde ella estaba.
-Oh, oh...
Lanzando un grito gorgoteante, el murlock alzó una lanza en alto y señaló hacia la muchacha. Los demás reaccionaron y emprendieron la carrera nuevamente, esta vez hacia ella.
Liviann reaccionó rápido, y lanzó una primera andanada de proyectiles mágicos que redujeron un poco el número de sus adversarios, pero seguían siendo bastantes. Su arcano compañero hacía cuanto podía también con sus propios hechizos, pero el número aún era inquietante, y la distancia más aún.
-Creo que se impone correr.-Alcanzó a decir ella antes de dar media vuelta y huir del lugar.
Las flechas se clavaban a escasos centímetros de ella gracias a un hechizo escudo que había levantado justo antes de toparse con los murlocks, pero era preocupante la certeza con la que disparaban, y lo seguidos que venían los proyectiles. El hechizo no duraría eternamente y empezaba a quedarse sin fuerzas para devolver la réplica a los ataques.
Corrió sin descanso esquivando ramas y socavones, intentando no mantener la línea recta para no proporcionar un objetivo fácil a sus perseguidores, mientras maldecía en voz baja la imprudencia del joven y su ímpetu a la hora de acudir al rescate.
De pronto el bosque terminó y se alzaron ante ella unas rocas en forma de herradura. A lo alto el camino parecía seguir, pero no tenía tiempo de subir aquella pendiente. Se dio la vuelta y se enfrentó a los murlocks. Aún quedaba una buena docena en pie, aunque ella estaba bastante cansada y calculaba que, como mucho, podría con otros tres.
Los murlocks se habían detenido a unos pasos de ella, evaluándola, con los arcos listos e, incluso, algunos de ellos parecían estar invocando hechizos de ataque.
-Tenía que haberme quedado comiendo en vez de haber intentado ayudar a ese imbécil.-se dijo en voz alta.
De pronto la sombra de las rocas que tenía tras ella aumentó, alargándose ligeramente, como si la pendiente hubiera crecido de forma espontánea. Se oyó un estruendo cuando algo cayó justo a su espalda.
-Admitámoslo, mi hermosa zingarilla,-dijo una voz grave y profunda detrás de ella, antes de que pudiera girarse.- no creo que veamos el día en que dejes de hacer esas cosas y, si no lo hicieras, dudo que fueras tú misma.
Liviann volvió la cabeza llena de alegría. El que había hablado era su excepción draenei particular, Abrahamkalei, mago, compañero y amigo suyo desde hacía ya mucho tiempo.
-¡Grandullón!-dijo ella sonriendo.-¿qué haces aquí?
-Mmm, creo que podemos debatir esa cuestión dentro de un instante. Nuestros amigos aquí presentes están a punto de ponerse hostiles.
-¿A punto?-dijo Liviann volviendo a mirar a los murlocks, que les miraban confusos.- ¡A punto de ponerme hostil estoy yo!
Con un gesto violento las manos de Liviann prendieron fuego, con unas llamas verdes y negras que no aguardaban nada bueno. Junto a ella, Abrahamkalei movía sus manos envueltas en llamas anaranjadas, creando unos proyectiles de fuego que danzaban sobre sus palmas.
Pero no llegaron a consumar el ataque. Uno a uno, los murlocks fueron reculando, con cautela al principio, con celeridad después, y al final la hechicera y el mago quedaron solos en el lugar.
-Bueno, -dijo el draenei.-creo que esto resuelve la primera cuestión.
Liviann se giró sobre sus talones y se abalanzó sobre el enorme draenei sonriendo. Él la recogió entre sus brazos y dio un giro, haciendo revolotear las túnicas de ambos. Mientras la abrazaba le dio un afectuoso beso en la frente.
-Me alegro de verte zingarilla.-dijo el mago mientras volvía a ponerla en el suelo.- Hacía ya demasiados días que no te veía, y empezaba a echarte de menos.
-¿"Empezabas"?.-dijo ella con mirada traviesa.- ¡Admítelo, me echaste de menos nada más marcharte!
El joven mago rompió a reir con una carcajada larga, profunda y llena de alegría.
-Soy culpable.-dijo riéndose aún.
-Yo también te echaba de menos, grandullón. ¿Qué tal por la capital de tu gente?-dijo Liviánn cogiéndole del brazo con cariño.-¿Alguna noticia interesante?
-Entre los draenei pocas cosas interesantes, la verdad.-dijo con tono ausente, como recordando.-Aunque sí que he recibido noticias que nos atañen a ti y a mí.
Liviann miró a los ojos a su amigo, que ahora estaba más serio.
-En Bruma Azur me encontré con Abrahamdale. Han convocado una reunión de los Caballeros del Grifo. Algo está ocurriendo y debemos acudir al Peñón del Grifo antes de la próxima Luna Llena.
Liviann observó el gesto serio de su amigo y se puso seria a su vez.
-Lo que significa,-dijo de pronto volviendo a sonreir.-que he sido bendecido una vez más con tu compañía, zingarilla hermosa, a menos que quieras viajar tu sola hasta el Peñón.
La hechicera rompió a reir con una risa cristalina y sincera.
-Creo que podré soportarlo.-dijo saltando sobre el cuello del draenei y besándole la mejilla.-¿Nos vamos?
-¡Adelante pues!-grito él mientras los dos comenzaban la marcha a Ventormenta, desde donde partirían rumbo al Peñón del Grifo.
4/01/09
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