-¡Por todos los dioses!-gruñó Gromli.-Odio este sitio. Dan ganas de prenderle fuego.
-Ponte a la cola.-respondió Alïra espantando a un insistente enjambre de mosquitos con la mano.
-Tampoco es que fuera a arder así como así.-respondió Hekthoren.-Hay tanta humedad aquí que la armadura se me va a oxidar antes de contar hasta tres.
-Además, todo tiene una razón de ser en la naturaleza, no podemos quemarlos así por las buenas.-intervino Kitai.-Hasta estos asquerosos pantanos tienen una función en el conjunto.
-Sí, ponernos de los nervios.-dijo Gromli.
-Silencio chicos, oigo algo.-dijo de pronto Wulbaif interrumpiendo su conversación.
Llevaban ya tres días vagando por los pantanos de Marjal Revolcafango en una marcha lenta y agotadora que, por lo demás, no les había reportado apenas ningún resultado tangible. Seis días desde que partieron de Menethil, lo que les dejaba apenas tiempo para resolver aquel enigma y llegar al Peñón para reunirse con los demás, y ninguna de las dos misiones parecía tener menor prioridad que la otra.
A su señal los cuatro guardaron silencio y se pusieron en guardia, atentos a los sonidos del pantano, mientras Wulbaif se adelantaba con cautela para reconocer el lugar. Al cabo de unos instantes oyeron con claridad un sonido que no pertenecía a ese sitio: risas.
Wulbaif reapareció al cabo de unos instantes.
-Hay alguien ahí delante.-dijo en voz baja haciendo señas para indicarles la dirección. Alzó la mano con cuatro dedos levantados.
Los cinco se apartaron un poco del origen de las risas y se agazaparon junto al tronco de un árbol moribundo.
-¿Defias?-preguntó Hekthoren.
Wulbaif asintió.
-Tres hombres y una mujer, bien armados. Llevan el fajín rojo de los Defías.
-A lo mejor podemos sonsacarles algo...-dijo Alïra con voz esperanzada.
-Esperemos,-dijo Wulbaif.-aunque no lo veo muy claro. La gente que sabe cosas no suele patrullar un pantano.
-En cualquier caso,-dijo Hekthoren desenvainando la espada.-están en nuestro camino.
-Tú lo has dicho Hek.-dijo Gromli con una sonrisa maliciosa.
-De acuerdo pues.-dijo Kitai.-¿vamos a por ellos?
Asintiendo con la cabeza, los cinco avanzaron de nuevo hacia las voces con suma cautela, ocultándose entre los troncos de los árboles y los altos matorrales que plagaban el pantano. Las voces cada vez sonaban más cercanas, hasta que por fin les vieron, caminando despreocupadamente por una pequeña colina, a muy poca distancia de ellos. Caminaban justo en su dirección, y pronto se los encontrarían de frente.
-Son unos exploradores nefastos.-susurró Kitai.
-O están dando un paseo, o no esperan compañía de ningún tipo.-dijo Gromli.
-O simplemente son idiotas. Escondéos.-dijo Wulbaif al tiempo que se ocultaba tras el tronco de un árbol. Hekthoren, de complexión más grande que el resto de sus compañeros, imitó a Wulbaif ocultándose tras otro árbol, mientras que Gromli se agazapó tras un matorral junto a su lobuno compañero.
Alïra ocultó sus ropas en su capa de viaje y adoptó una expresión confusa, mirando alrededor como si buscara el camino correcto.
Kitai, por su parte, se limitó a fundirse con el entorno, como sólo los de su clase sabían hacer.
Los arbustos se movieron y los cuatro Defías aparecieron frente a Alïra, deteniéndose en seco, sorprendidos.
-Vaya, vaya.-dijo la mujer.-¿y tú quién diablos eres?
Alïra se giró, fingiendo sorpresa y después alivio. Se acercó un poco a los cuatro maleantes.
-¡Oh, gracias a los dioses!-exclamó con voz inocente.-Pensé que iba a pasar aquí el resto de mis días sin poder volver a casa.
La mujer la miró con ojos suspicaces. Los tres hombres con otro tipo de ojos.
-¿Te has perdido?-preguntó.-Estás muy lejos de cualquier parte habitada para estar perdida. ¿no crees?
-No lo sé.-dijo una inocente Alïra.-Llevo días caminando sin saber por dónde voy. Este lugar es tan confuso...
La mujer desenvainó la daga que llevaba metida en el fajín. Guardó silencio unos instantes, como sopesando la situación. Al cabo de un rato negó con la cabeza y se dio la vuelta, dando la espalda a Alïra.
-Matad...-empezó a decir, pero al girarse había visto a Hekthoren, apostado en el tronco a espaldas de los cuatro rufianes, y a Wulbaif al otro lado.
No tuvo tiempo de reaccionar. Alïra gritó una orden y la mujer se desplomó, inconsciente, merced al hechizo que había estado preparando. Sus tres compañeros se llevaron las manos al cinto aún con gesto aturdido, pero Hekthoren casi al unísono había dejado inconsciente a uno, golpeándolo con la empuñadura de la espada. Kitai apareció casi de la nada junto a otro, hundiéndole el puño y haciéndole perder el sentido. El único que quedaba en pie se giró hacia Hekthoren y Kitai, sólo para notar movimiento a su espalda y el filo de una espada acariciándole el cuello.
-Suelta el cuchillo.-dijo Wulbaif.-Tenemos que hablar.
El cuchillo no emitió sonido alguno al caer al suelo, amortiguado por la hierba y la tierra blanda del pantano.
-No me puedo creer que tengamos tan mala suerte.-gruñó Gromli.-¡No saben nada!
Wulbaif permanecía en silencio junto a la hoguera. La noche había caído hacía un par de horas y la temperatura había descendido considerablemente. Kitai se había marchado al caer la noche para reconocer el terreno, mientras que Hekthoren y Alïra se habían encargado de atar concienzudamente a los prisioneros. Gromli había regresado hacía unos instantes de conseguir algo para la cena, mientras que su peludo compañero se encargaba de montar guardia y avisar de cualquier criatura peligrosa que oliera cerca.
Wulbaif meditaba después de haber interrogado a los cuatro Defías. Acababa de contarle a Gromli el resultado de sus pesquisas, y el humor del enano se había empeorado.
No podía culparle, él estaba igual de frustrado, y estaba convencido de que los demás también. Aquella búsqueda estaba resultando demasiado compleja, y detestaba ir contra el tiempo en este asunto. Habían sido seis días bastante incómodos para todos, por decirlo con suavidad.
Wulbaif, mientras tanto, seguía pensativo mirando al fuego.
Al llegar a Theramore se habían puesto en contacto con Lady Arissa, que gobernaba la pequeña ciudad portuaria y, para horror de Wulbaif, Arissa se había mostrado tan sorprendida por la noticia de la desaparición del monarca como él mismo al enterarse: no había llegado ninguna noticia de la visita del monarca, ni mucho menos había atracado en Theramore.
Aunque Lady Arissa se puso a su disposición y les ofreció hombres para ayudarles, Wulbaif rechazó la oferta, considerando que era mejor llevar aquel asunto de forma discreta.
Nada en el castillo, nada en los muelles. Ninguna noticia del barco. Habían encontrado tres navíos que habían recorrido la misma ruta, y ninguno había visto ni a piratas, ni la más mínima tormenta... nada. Sólo uno de ellos viajó cerca de la nave del monarca, pero pronto los habían perdido de vista, ya que las naves mercantes eran mucho más veloces.
A Wulbaif le daba escalofríos la posibilidad de que el rey hubiera podido naufragar y yaciera en el fondo del mar en aquellos momentos, pero el barco real no era pieza fácil de cobrar, y su tripulación tampoco.
Habían recorrido las costas circundantes y los diversos islotes, esquivando arrecifes traicioneros en una pequeña embarcación, impulsados por el viento que invocaba Alïra para acelerar su búsqueda y, por fin, con un vuelco en el corazón, encontraron el navío varado en una pequeña isla al sur, demasiado lejos de la ciudadela como para que nadie hubiera reparado en él.
Habían subido al barco con el corazón en un puño, esperando lo peor, pero allí no había nadie. Ni armas, ni cadáveres, ni supervivientes... el camarote del rey estaba desierto, aunque todo había sido revuelto y saqueado.
Fue entonces cuando Gromli encontró sangre en la cubierta y, junto a ella, un fajín rojo destrozado: la marca de los Defias, un grupo de piratas, ladrones, asesinos y criminales de todo pelaje que provocaban estragos en los dos continentes.
Fue en aquel momento cuando comenzaron a rastrear los pantanos en busca de aquel grupo, recorriendo sin descanso toda la región, hastiados por el barro, los mosquitos y la vegetación que siempre parecía ponerse frente a ellos para golpearles.
No sabían muy bien qué estaba pasando, pero encontrar un fajín Defias en el barco del monarca no había sido buena señal.
Y por fin habían dado con aquellos cuatro, y habían pasado buena parte de la tarde interrogándoles sin lograr obtener nada.
En un rincón, a su espalda, los cuatro Defias permanecían inmóviles, atados de pies y manos contra el tronco de un árbol, con las bocas amordazadas, mirando con odio a sus captores.
-Esto no tiene ningún sentido, Wulbaif.-dijo Alïra.- Puede que estos tipos no sepan nada, pero está claro que ellos solos no iban a ninguna parte por este pantano sin una razón. Tiene que haber un campamento en alguna parte cerca de aquí.
Wulbaif miró a la sacerdotisa a los ojos.
-Así es, Alïra. Tiene que haberlo. Pero tengo la sensación de que se nos escapa algo más.
-Sí,-dijo Gromli.-el Rey de Ventormenta.
-Vale ya, enano gruñón.-le interrumpió Hekthoren.-Wulbaif tiene razón, hay algo que no acaba de encajar: la Reina nos dice que el rey ha desaparecido en un viaje a Theramore, que no se sabe nada de él; sin embargo, llegamos a Theramore y nadie parece preocupado.
-Y no es de extrañar,-siguió Alïra.-porque nadie había recibido noticia alguna de que fuera a visitarles.
-¿Sería una visita sorpresa o algo así?-dijo de pronto Kitai, apareciendo desde las sombras y haciendo que Hekthoren pegara un salto.
-Por todos los... no hagas eso Kitai, me pone de los nervios.
-Perdón.-dijo Kitai con una sonrisa.-En cualquier caso, dudo que un monarca se pueda permitir el lujo de hacer visitas sorpresa a una ciudad. Algún tipo de noticia tenía que haber llegado y, sin embargo, nadie sabía nada.
-Y el barco no llegó a puerto jamás, como hemos visto nosotros mismos.-dijo Alïra.-Se quedó encallado en ese islote como si lo hubieran dirigido contra él, o como si lo hubieran dejado a la deriva.
-Ningún capitán sensato haría tal cosa.-dijo Wulbaif.-Y mucho menos llevando a semejante pasajero, salvo que no pudieran evitarlo, o que no vieran la necesidad de hacerlo.
-...o que no quisieran, lo que nos lleva al fajín y a la sangre que encontramos en el barco. La tripulación sería quien secuestrara al rey, o al menos una parte.
-Pero el rey viajaba con su guardia personal.-terció Alïra.
-Que probablemente ahora esté alimentando el fondo marino.-respondió Gromli.
-Eso no ha tenido gracia, Gromli.-dijo Hekthoren, molesto.-Había muy poca sangre en el barco. Si la guardia personal del rey hubiera intervenido habríamos encontrado indicios de lucha mucho más claros, y mucha más sangre, aunque se hubieran llevado los cadáveres, y el único lugar donde hemos encontrado signos de lucha ha sido en el camarote real.
-Está claro que nadie tuvo tiempo de defenderse o no tuvo ganas de hacerlo.-dijo Kitai.
Gromli le dedicó una mirada cruel a los cuatro prisioneros.
-Y esos memos no tienen ni idea de qué les hablamos. Como si secuestrar a un rey no fuera un asunto gordo. Al menos tenían que haber oido algo al respecto.
Wulbaif exhaló aire y se puso en pie.
-Muy bien,-dijo al incorporarse.-creo que vamos a cambiar la forma en la que hacemos las preguntas.
Y al decirlo se giró hacia los prisioneros con una daga en la mano. Los cuatro pares de ojos se abrieron sosprendidos, perdida la expresión de odio en el rostro y reemplazada por una de preocupación.
Wulbaif se colocó frente a la mujer, inclinándose para observarla bien, y acercó el cuchillo a su rostro. La mujer temblaba incontrolablemente y hacía esfuerzos inútiles por apartarse del filo, pero Wulbaif la sujetó con fuerza, inmovilizándole la cabeza.
-Deja ya de moverte, necia.-dijo Wulbaif, y con un movimiento limpio cortó la mordaza, para sorpresa de los cuatro prisioneros.
Después, con un movimiento, liberó de igual forma las ligaduras de manos y pies, apartándose después.
La mujer le miró, aturdida, con un interrogante en los ojos.
-No tenemos por costumbre matar a sangre fría a nadie.-dijo Wulbaif a modo de respuesta.-Y no, no tengo intención de matarte si echas a correr. Os hemos preguntado y no sabéis lo que necesitamos, así que no podemos reteneros por deporte. Vamos a dejar aquí a tus compañeros, pero mañana nos habremos ido a otro lugar, así que de tí depende volver a recogerlos. No vamos a soltar a cuatro Defias a nuestro alrededor en plena noche cerrada.
La mujer se puso en pie y escupió al suelo.
-No te creo, grifo.-dijo ella.
-¿Nos conoce?-dijo Kitai sorprendida.
-Probablemente unos cuantos de nosotros les habremos hecho la vida imposible en más de una ocasión. Es una cuestión inevitable, siendo quienes son y siendo quienes somos.
-Vas a esperar a que eche a correr y me clavarás una flecha en la espalda, por deporte.
-Confundes vuestras costumbres con las nuestras, ratera de tres al cuarto.-dijo Gromli con el ceño fruncido.-No eres inocente, pero tampoco eres a quien buscamos, así que puedes marcharte e ir a por ayuda para tus compañeros.
-Eso sí,-dijo Kitai junto a la oreja de la mujer; se había movido en absoluto sigilo, sin ser percibida.-Comete un error que sí nos ataña, y entonces tu espalda no encontrará una flecha, sino mi daga.
-Márchate ahora mujer.-le espetó Wulbaif.-Sólo te lo vamos a decir una vez más.
La mujer les observó con ojos llenos de odio y, al cabo de unos instantes, dio media vuelta y echó a correr, desapareciendo en la noche del pantano.
Wulbaif miró el lugar por el que se había marchado la Defias.
-Kitai,-dijo al cabo de unos segundos.-toda tuya.
-A la orden, jefe.-dijo Kitai desapareciendo tras la mujer.
Wulbaif se giró hacia sus compañeros.
-Tenemos que levantar el campamento y ponernos en marcha. Kitai se encargará de localizar la base de los Defias siguiendo a nuestra invitada.
-Pero dará la voz de alarma.-dijo Alïra.
-No.-respondió Wulbaif.-No creo que le de tiempo.